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Nuestros hijos necesitan y sienten cosas que en ocasiones no saben cómo comunicarlas. A veces, no saben ni lo que quieren. En esos momentos, cuando están desbordados o sencillamente cuando piensan de manera egocéntrica, sus peticiones se convierten en quejas o en exigencias. Son formuladas con agresividad, incoherencia o tonos desafiantes.

No sirve de mucho frases como “tranquilízate”, “no hay para tanto”, “cálmate”… Incluso tampoco decirles en el momento de descontrol “Dímelo de otra manera y quizás pueda entender qué necesitas” porque estando “calientes” muchos de nuestros hijos no tienen los recursos necesarios para decirlo de otra manera (¡si ni siquiera los tenemos los adultos!).

Quizás sí puedan autocrontrolar sus emociones los primeros minutos pero cuando se establece el diálogo es fácil que la bomba vuelva a explotar. En estos casos es mejor hacer preguntas, preguntas y más preguntas porque de esta forma redireccionas su foco de atención y le obligas a racionalizar sus sentimientos para poder responder. Responder a preguntas implica tener opciones y utilizar las habilidades cognitivas para pensar en ellas y elegir la mejor. De esta forma los pensamientos ponen rienda a los sentimientos y es más fácil, no solo autocontrolarse (que no es el fin sino el medio), sino también establecer el verdadero problema y buscar entonces las mejores alternativas.

Preguntas para la resolución de conflictos

Aquí te ofrecemos algunas preguntas para ayudar en la resolución de conflictos.

Parafrasea

Cada vez que responda a dos o tres preguntas, parafrasea: repite lo que tu hijo te ha explicado, con todos sus matices: “Corrígeme si me equivoco, has dicho que te has enfadado porque …”, ” Si no me equivoco, te has molestado porque …”

Por eso, cuando tu hijo te pida algo de manera incorrecta, no le pidas que se relaje. Ni que se calme. Ni que reflexione sobre lo que acaba de decir o hacer. Algunos niños y adolescentes lo harán pero otros muchos no. En su lugar, hazle preguntas para que se relaje, se calme y reflexione. A h í está tu p a p e l como mediador del conflicto. Pidamos a nuestros hijos lo que están preparados para dar. Y si no tienen recursos, no exijamos a ciegas: desarrollemos en ellos las habilidades necesarias para ello.