martes, noviembre 29, 2022

Dos guerras imparables

 A finales de 2019, el mundo recibe la mala noticia: la humanidad se vería amenazada por la aparición de una pandemia nacida en China; más tarde, conocida como COVID-19, y sus variantes ómicron, que fueron naciendo como fantasmas “chupa sangre,” misma que ha cobrado vidas humanas en más de 7 millones, comprometiendo la logística en salud de gobiernos en todos los rincones del mundo, pero con un portavoz en la Organización Mundial de la Salud, que en cada ocasión daba cifras escalofriantes por contagios, hospitalizaciones y muertes, y que al inicio de esta pandemia, la desesperación y angustia humana de solo pensar que si se contagiaba podía morir, porque no aparecía la “milagrosa” vacuna que nos salvarían o que nos hacían inmunes a la enfermedad. 

Los tiempos angustiosos se convertían en crueles laberintos. Los centros de salud y sus hospitales no daban abastos. La gente se moría abandonadas en las calles. Los congeladores de hospitales y lugares públicos amontonaban cuerpos sin vidas a consecuencia de la pandemia. Millones han sido enterrados sin que sus familiares puedan haberles concedido su último adiós. Los cementerios pasaron más tristes porque la mayoría de cadáveres eran incinerados. 

Aún no termina

Y esta guerra del COVID-19 aún no termina, porque lo que más preocupa es el interminable contagio que puede existir entre millones de personas que se resisten a vacunarse, porque piensan que a ellos nadie los obliga cómo tienen que vivir o morir, a título de su libertad constitucional. Respetuosa la decisión pero no es compartida mayoritariamente en el mundo, porque gran parte de fallecidos es a consecuencia de no haber sido vacunados y por consiguiente, esta guerra del COVID-19, no termina. 

De la angustia y dolor, pasamos a la muerte premeditada y provocada con intención y alevosía, como lo expresan muchos códigos de leyes en materia penal universal. La de una guerra, que da lugar a una violación de acuerdos o tratados entre países, como el que se ha violado en el acuerdo de Minsk en 2014 entre Rusia y Ucrania; pero esta vez, violado por el presidente ruso Vladimir Putin, al haber ordenado la invasión con su ejército al territorio ucraniano y que está dejando miles de fallecidos, heridos y más de 4 millones de desplazados. 

Daños incalculables

Los daños materiales son incalculables. Más de 600 edificios bombardeados, entre ellos, sus hospitales, escuelas y áreas residenciales, que han recibido misiles lanzados por rusos, inhabilitando sus sistemas de sobrevivencia humana, sin perdonar la vida de mujeres, niños y ancianos que se encontraban recibiendo atención médica. Esto al ojo del mundo, se lo consideraría crímenes de guerra o de lesa humanidad y que imperiosamente tendría que ventilarse en la Corte Penal Internacional de la Haya. 

A los países de la OTAN, en el que EE.UU. ,indudablemente, es el más poderoso, les está quedando mucho espacio en la vía diplomática con Rusia. Las sanciones seguirán teniendo efectos económicos encontrados. Las mediaciones podrían ayudar en algo pero no hasta que haya una forma inteligente de ceder de lado y lado. No sabemos si la intervención de la Iglesia Católica alcance a lograr un entendimiento con las pretensiones del presidente Putin y lograr también bajar las tensiones de resistencia del presidente Zelensky. 

Corrientes en contra de Putin

Lo cierto es que a estas alturas hay tres corrientes inventariadas en contra de Putin. La primera: una gran mayoría del pueblo ruso está en contra de la guerra contra Ucrania, cuyo desgaste del gobernante ruso le traería consecuencias políticas a futuro. La segunda: la reducción en su armamento militar y aún más lo que ha sufrido el ejército ruso ante la pérdida de soldados de tropa, generales y otros altos militares, que según fuentes de inteligencia americana, el presidente Putin, no está siendo informado de lo que está verdaderamente ocurriendo. Tercero: la unidad de los países de occidente en la OTAN, apoyando con toda logística militar y económica a Ucrania, siendo infantil pensar que Rusia tendría que resistir mucho tiempo. 

El sentido común de todo conflicto determina y aconseja que debemos apelar a el diálogo. Y en esta guerra que sin querer nos ha envuelto a todos los países del mundo, nada más sensato sería que las partes cedan, como deber ser, usando la diplomacia, porque para eso fueron creadas esas vías de civilización política. No deseamos que un país siga borrando lo que tuvo vida. Estamos en el siglo XXI y eso basta para que quienes tienen el poder en el mundo no sirva para destruirnos. En este conflicto armado, es mejor una mala transacción que un buen juicio, así lo aconseja la jurisprudencia en la Gazeta Internacional Penal. 

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