Moderación y disciplina para la juventud

Los mensajes del Santo Padre León XIV hacia los niños en las últimas semanas de julio dejan consuelo y esperanza a la humanidad. Esas palabras fueron dirigidas a los seres más inocentes, a los niños, que llegaron al mundo sin saber a qué ni por qué nacieron.

Los que nacimos antes ya lo sabemos, porque lo estamos viviendo y eso lo conoce Dios, pero, a nuestro juicio, ese misterio de nacer debe constituir el milagro más importante que Dios concede a todos; especial consideración al ser más sublime, la madre, que lleva en su vientre a un ser para parirlo y traerlo a un mundo incierto que tiene otros misterios.

Desigualdad social

El Papa León XIV analiza el momento histórico de la vida en los seres humanos. Expresa con realidad la desigualdad social por la que atraviesa la sociedad en el mundo. Transmite lo que, como humano, tiene su ser, que lo identifica con egoísmo, envidia y maldad. No habla, por supuesto, de la totalidad humana, pero sí de una gran mayoría, por la que hay preocupación en la Iglesia Católica.

Además, señala que no se trata de religión, sino de una desigualdad social que está en peligro y esto sí debe preocuparnos, porque estamos terminando con nuestra bondad humana. Vivimos en otros tiempos y la vida desordenada nos la ha cambiado, a tal extremo que nos hemos alejado de vivir con la verdad.

Con todo acierto, el Santo Padre León XIV no esconde absolutamente nada sobre el mal comportamiento de la sociedad, que está dañando su tejido humano ante la mala señal que damos diariamente.

Sin actuar con la verdad

Existe, en una gran mayoría, la sensación de que estamos caminando y obrando sin actuar con la verdad y la honradez, porque la gratitud hacia las personas no aparece con transparencia y lealtad. Ayudamos con un doble sentido para también recibir de lo que damos, sin recordar que lo que damos al prójimo es a cambio de nada.

El mensaje del Papa León XIV hacia la juventud es para exhortarla y animarla a que no pierda nunca el “celo misionero”, porque es indispensable en la transformación del mundo, que aportarían desde sus escuelas, universidades, en sus calles y en sus campos, pero demostrando su rebeldía con energía para cambiar situaciones de sufrimiento, sin lugar a dudas, de aquellos jóvenes que han caído en el vicio de la drogadicción, que tiene a millones perdidos y a otros en recuperación para salvar sus vidas.

Desinformación genera malas noticias

El momento brindado en este mensaje papal se sostiene en la realidad humana de nuestra sociedad. Los tiempos cambiaron y la tecnología y su ciencia están dejando más preguntas que respuestas, como una entre millones que nos hacemos diariamente: ¿Es el sistema político el que ha dado una herencia “negra” a la sociedad en el mundo? ¿Es la misma sociedad la que ha implementado su propio sistema, que le ha dado luz verde y permitido perder valores en la familia a cambio del dinero? Todo esto nos parece llevar a un debate mundial, en donde todos los actores sociales tienen que intervenir para encontrar soluciones inmediatas, porque esta destrucción humana, con todo respeto, no la cambia ningún Papa desde adentro o afuera del Estado del Vaticano; hoy, cuando la actualidad vive una modernización con su tecnología y la inteligencia artificial, en donde la “desinformación genera malas noticias” para la sociedad: niños, adolescentes, adultos, adultos mayores y ancianos.

Presentas y nuevas generaciones

Esto debe y tiene que cambiar; si no, ¿en qué mundo seguirían viviendo las presentes y nuevas generaciones? Una orientación papal en estos instantes es valiosa, porque reúne requisitos para el cuidado en el uso de la tecnología y las redes sociales que usa la juventud, en las que urge mantener el cuidado, la moderación y la disciplina.

Esta recomendación papal nos está diciendo cómo debemos comportarnos; es decir, nos hace una advertencia al usar esta herramienta digital en un mundo irreal y efímero, en el que la necesidad induce a la provocación y termina destruyendo verdaderos valores humanos. Con suma certeza, podemos asegurar que, si aplicamos una teoría sencilla, concluiríamos que para creer en Dios no necesitamos específicamente pertenecer a una religión; necesitamos fe, que es la que supera lo negativo.

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