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Los 25.000 kilómetros cuadrados del océano peinados por las autoridades en un primer momento no dieron con el aparato.

La palabra “misterio” ofende a Ghyslain Wattrelos cuando se habla de la desaparición del vuelo de Malaysia Airlines en algún punto del Índico, con 239 personas, entre ellas su esposa y sus dos hijos, a quienes dedica un libro que denuncia “el silencio de los Estados” ante las sombras de la investigación.

“Estoy convencido de que los estadounidenses saben lo que pasó. Tienen los medios para ello y un avión como éste, incluso cortando sus comunicaciones, puede ser detectado por los radares”, arguye en declaraciones a Efe Wattrelos, que extiende la acusación a Francia, donde la investigación judicial choca contra muros burocráticos.

El 8 de marzo de 2014, Wattrelos viajaba a Pekín para encontrarse con su mujer y dos de sus tres hijos, de 13 y 17 años, que habían pasado unas vacaciones en Malasia,mientras su hijo mayor, su gran apoyo en esta lucha, continuaba sus estudios en París.

El vuelo MH370 nunca llegó a su destino y con ello empezó el calvario de este hombre de 53 años, exvicepresidente de la cementera Lafarge, que dedica su vida a dar una respuesta al que muchos califican como “el mayor misterio de la historia de la aviación”, reconstruido ahora en un libro autobiográfico publicado en Francia.

Para Wattrelos, la versión oficial, según la cual el avión continuó volando una hora con el transmisor apagado hasta desaparecer a 2.000 kilómetros de Australia, sin ser detectado por los radares de seis países distintos, no se sostiene.

Él apunta directamente a una desviación voluntaria en un hipotético acto terrorista, o a “una operación militar” para derribar este Boieng 777 y frenar “algo o a alguien”.

“Al principio todo el mundo me trataba de ‘complotista’ pero todas las personas que han profundizado en el dosier lo dicen: esto no fue un accidente”, defiende.

Ni las múltiples solicitudes de Wattrelos ni las peticiones del tribunal francés que investiga los hechos han dado resultados: en Inglaterra, Rolls Royce, fabricante de los motores, se niega a entregar su información, al igual que Estados Unidos, donde Boeing y el FBI, que se hizo cargo de la investigación, guardan silencio.

Algunos países saben perfectamente lo que ha pasado, y yo creo que Franciatambién lo sabe, porque siempre ha mantenido un perturbador silencio sobre este caso”, opina, tras conocer el pasado verano que los franceses dieron a Australia imágenes de satélite de supuestos restos de la aeronave.

Tampoco la Oficina de Investigación y Análisis para la Seguridad de la Aviación Civil(BEA, por sus siglas en francés) ha entregado al juez el informe que realizó “in situ” los días que siguieron a la tragedia.

“Intento probar en mi libro que esto no es un misterio, que hay gente que sabe lo que ha pasado. Si continúo mi combate es porque sé que algún día sabré cuál es la verdad, insiste.

Los 25.000 kilómetros cuadrados del océano peinados por las autoridades en un primer momento no dieron con el aparato, ni lo han hecho los cientos de millones de dólares invertidos en rastrear los restos de la aeronave en un total de 120.000 kilómetros cuadrados.

Meses después de abandonar la búsqueda, el informe de las autoridades aéreas australianas, publicado el pasado mes de octubre, reconocía que era “casi inconcebible” que el vuelo hubiera desaparecido.

La última sombra de la investigación se cierne ahora sobre la compañía estadounidense Ocean Infinity, que ha iniciado una exploración privada de 90 días acordando con el Gobierno malasio no cobrar los 70 millones de dólares estipulados salvo en caso de éxito.

En febrero, el propio barco desapareció de los radares durante 80 horas: según el portavoz de la compañía, fue con motivo de un cambio de rumbo.

Convencido de que el avión se estrelló en el mar de China, lejos del punto de búsqueda actual, a Wattrelos solo le queda esperar que esta nueva batida dé resultados y que la publicación de su libro relance el debate.

“Tanto en Francia como en Estados Unidos e Inglaterra los Gobiernos han cambiado. Quizás la gente puede decir ahora cosas que hace cuatro años no podía”, confía Wattrelos.