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No se pudo ocultar las miradas decepcionantes de Barack y Michelle Obama, en el cambio de poder presidencial, teniendo al frente a Donald J. Trump, en su etapa de transición que no tomó por sorpresa a la mayoría del mundo, porque el discurso del nuevo mandatorio estadounidense, después de haber sido juramentado muy rápidamente por el Juez Supremo John Roberts, el 20 de enero 2017, a las 12:09’ (hora del este) simplificó su retórica de campaña, pero con un matiz superficial de unidad, que dejó muy en claro una definición proteccionista, pero con un grado de fiscalizador redentor a otros gobiernos y sus antecesores.

Pero sí. La mayoría de estadounidenses esperábamos más que un discurso un mensaje conciliador, que permita empezar a sanar las heridas ocasionadas por él mismo, dentro de su campaña que despertó el odio y racismo, que seguramente lo convirtió en candidato populista de decepcionados, naturalmente de otros gobiernos que dejaron vacíos en atenciones sociales y económicas, por decir lo menos.

A conocimiento del presidente Trump, que había sido investido con el más alto cargo del mundo como Comandante en Jefe de las FF.AA., Estadounidense, no reparó, en lo absoluto, de expresar disculpas por errores que pudo haber cometido, como las cometió en su campaña política. Su discurso, que no fue un mensaje esperanzador para quienes no votaron por él, hubiese alentado a millones de votantes contrarios a su política y por lo menos, hubiera calmado menos presencia de millones que protestan después de su posesión. Al contrario, los invitó a la resistencia civil dentro y fuera de los Estados Unidos de América; especialmente, de los inmigrantes que son parte directa del sistema constitucional, su democracia y sus leyes.

El mandatario norteamericano, recién investido de poderes constitucionales, había olvidado, que aunque teniendo un Congreso en mayoría, estaba recibiendo una bofetada con guantes blancos de los congresistas demócratas que no asistieron a su posesión y cambio de mando, en cuya esfera política, sus asesores, deberían haberle sugerido, que su discurso contenga el reconocimiento a una minoría congresional, que aunque esta no comulga su criterio, era la oportunidad para dejarle saber al mundo que sus equivocaciones no tenían mas peso que el deber de respetar la Constitución de los Estados Unidos de América y servir al pueblo estadounidense.

El nuevo presidente norteamericano, sabía que mientras duraba el acto de cambio de mando presidencial, una gran parte de la nación norteamericana estaba movilizándose en su contra; y eso también lo hubiese hecho reflexionar en sus posteriores intervenciones. Sin embargo, las grandes marchas que protagonizaron las mujeres, por sus derechos, también fue por los soñadores, que hasta el momento de asumir el poder el presidente Trump, se encontraban en el limbo ante la incertidumbre de perder el DACA, que protege una Acción Ejecutiva del ex presidente Barack Obama. El inicio de los primeros cuatro años de gobierno federal con el presidente Trump, está dejando norma excluyente de la participación de hispanos en importantes funciones públicas. El mismo hecho de prescindirlos en su gabinete ministerial, deja un mensaje de quemeimportismo a los valores sociales, culturales y politicos de prestantes ciudadanos hispanos con mucha experiencia política, que se identifican con el partido republicano; actitud presidencial que se ha cuestionado en forma pública.

El discurso presidencial de Donald Trump, no fue mas allá que el que envió su propia personalidad, sin estimar valores que son los que se están perdiendo en nuestra sociedad y que tanto necesita un mundo rodeado de violencia, drogas, terrorismo y la propia desmedida mal uso de las redes sociales.

No obstante, el pueblo estadounidense le brindará una oportunidad, porque hay que tomarle la palabra del presidente Trump, precisamente cuando expresó el día de su posesión: “nadie será olvidado”. Ahora, le corresponde cumplirle a sus votantes y a los que no lo hicieron por él porque para eso, tiene que estar muy juicioso.