Rate this post

Managua.- La función esencial de un ejército, la razón de su existencia, es defender a su país, la patria, de la intromisión extranjera, rechazar la profanación de su territorio por ejércitos foráneos, repeler una invasión.

Ortega ha anunciado que la legislatura bajo su control ha autorizado la llegada de fuerzas de Venezuela, de Cuba y de otros países con regímenes que han sido vinculados al narcotráfico, por ser la droga el suero vital de los despotismos del Hemisferio.

El Ejército de Nicaragua se enfrenta a una disyuntiva: no hacer nada y prepararse para una purga a fondo, ser emasculado, o hincar los talones y derribar toda aeronave que invada su espacio.

Ortega no ha llamado a los Cascos Azules o pedido la intermediación de la OEA, sino que recurre a mercenarios para continuar con la matanza de opositores y ciudadanos indefensos.

Hasta el momento, más de doscientos cuarenta nicaragüenses indefensos han muerto en la represión ordenada por el dictador.

La disyuntiva es clara: o el Ejército afirma su papel de protector de la nación y de ser una fuerza moral, o sería tomado casi de inmediato por los matones que están perpetrando la carnicería. Si no reafirma su papel esencial, el Ejército debe prepararse para grandes y despiadadas purgas en sus filas, lo usual en toda dictadura comunista, donde cada cierto tiempo sus aparatos de seguridad son diezmados.

Esto pasó en Rusia, en China y en tantas naciones que cayeron en la esfera del totalitarismo comunista en el Siglo XX. La historia describe cómo los soviéticos descabezaron al Ejército polaco reuniendo a todos los oficiales y masacrándolos en Katyn; posteriormente hicieron creer al mundo que habían sido los nazis los autores de esa atrocidad hasta que investigadores determinaron lo contrario varias décadas después. Las víctimas fueron 22,000 oficiales y prisioneros de guerra.

Estos sucesos comprueban la ley de hierro de todas las dictaduras pero, particularmente, las socialistas: atrincherarse y rechazar a sangre y fuego cualquier rebelión, aunque las hay exitosas, como la serie de hechos que llevaron al despanchurramiento del “glorioso bloque comunista de naciones”, que se vino abajo por el peso de su fracaso al colapsar el Muro de Berlín. Pero mientras ese momento llega, decenas de millones de personas, o muchos , centenares como el caso de Nicaragua, mueren.

Lo de Ortega era predecible pero muy pocos leyeron el mensaje en los muros, como en el festín del babilonio Baltasar. Y aquí hay un escenario “cantado”, como se dice en el billar: las amenazas de un megalómano contra un magistrado de quemarle la casa, además de disolver la legislatura si llegara la desgracia de que tal individuo alcanzara el poder.

Es lo usual en esta suerte de desquiciados: emprenderla a golpes, o balazos como Ortega, contra aquellos que no se doblegan. De un momento a otro la independencia del poder judicial, de jueces y magistrados, se derrumba, como en Cuba, donde no existen ni tribunales ni abogados ni cortes como las hay en todas las democracias.

Los pueblos siempre indefensos ante mesiánicos y demagogos

Las naciones del Segundo y Tercer Mundos no tienen sustancial protección contra mesiánicos, fuera de protestar en las calles y quedar expuestos a que los maten, como en Venezuela y Nicaragua. Por esa misma realidad los países deben cultivar buenas relaciones con sus vecinos, considerando que en el mundo contemporáneo las fronteras se desvanecen con rapidez y lo que daña a otros eventualmente daña a todos, como a la inversa, los progresos de unos pueden convertirse en el beneficio de todos.

La democracia es un esquema muy frágil, siempre expuesto al embate de demagogos (los que llaman populistas para suavizar la píldora) que se aprovechan de la poca inteligencia de grandes sectores que se dejan seducir por vacías promesas, peluches o bolsas de semillas, vendiendo por menos de un plato de lentejas sus libertades, su dignidad, sus posibilidades de sostenerse a sí mismos y a sus familias.