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Por: Francisco Miraval/

Durante una reciente presentación, uno de los participantes (un hombre ciertamente de más de 40 años) me dijo: “Me agrada mucho lo que usted propone y me gustaría aceptarlo, pero no es lo que me enseñó mi padre”.

Obviamente, jamás le pediré a nadie que deje de aceptar lo que su padre le enseñó para aceptar algo de lo que yo digo. La razón es muy sencilla: jamás le pido a nadie aceptar nada de lo que digo.

Sin embargo, la observación del mencionado participante me hizo inmediatamente pensar qué idea tan importante ese hombre había recibido de su padre que incluso ahora, en la mitad de su vida, ese hombre se guiaba por las enseñanzas paternas al punto de rechazar otras ideas, aunque a él le gustasen.

Comprendí que el tema no era la supuesta contradicción entre las enseñanzas tradicionales y lo que yo decía (después de todo, lo que yo pueda decir carece de importancia), sino entre esas enseñanzas tradicionales y el futuro emergente, donde queda claro que poco de lo que nos enseñaron en el pasado tendrá un lugar.

En otras palabras, el hombre en la reunión comunitaria tenía un conflicto entre su pasado (representado por su padre) y su futuro (bloqueado de su mente precisamente por su pasado). Por no poder desprenderse del pasado no podía ver el futuro, pero, a la vez, no podía negarse a él mismo que ese futuro está a punto de llegar, sin pedirle permiso ni a él ni a sus creencias tradicionales.